
Los elefantes de la infancia
Estaba enojada, quien sabe por
qué o quizás puedo imaginármelo. ¡Pse! ¡Pse! Del otro lado, del que miraba a
través de una cámara, estaba mi padre que insistía en tomarnos una
foto. Mi hermana mayor, Laura, inclinó su cuerpo y lo complació con una simple mueca. Yo no quería regalarle una sonrisa. Desde pequeñas siempre fuimos muy parecidas físicamente: los cabellos
como campos de trigales que se mecían lacios sobre la espalda; delgadas y
ágiles a la hora de correr detrás de una pelota o subir a un árbol. Para la
gente, los que no podían ver más allá de esas cáscaras, aquellas niñas eran
mellizas. Comprensible, pienso ahora, porque nos llevamos sólo un año de
diferencia. Pero Laura miró a la cámara y lo consintió. Yo, por el
contrario, le grité. Y si uno lee los labios puede ver un inmenso “¿Qué?” , “¿Qué
querés?”, al que se podría traducir como no molestes más. Siempre fui más insolente y caprichosa. Ese día, supongo, estaba
embelesada ante el elefante y no quería que nadie me robara la contemplación,
ni siquiera una foto. En realidad, nunca había imaginado que podía llegar a
estar frente a un elefante; eso era cosa de dibujitos animados o de países remotos.
Por aquella época habíamos ido a ver, al cine Rex de Formosa, una reposición de
la película Dumbo de Walt Disney. El simpático, tierno y pequeño elefante de
enormes orejas, con las que podía volar, nos había cautivado el corazón
infantil. Ese otro animal despintado y viejo, encadenado a un poste, no se
parecía a Dumbo. Seguramente, observé detenidamente las gruesas y frías cadenas
y los párpados caídos. La mole, cansada de tantos niños, aguantaba resignada su
destino. Entonces, supuse que nada sería igual a los dibujos animados. Y ahora
que lo pienso bien, quizás en esa foto no estaba enojada sino decepcionada
porque los elefantes de la infancia ya no podían volar.