El niño crustáceo, de alma y cuerpo segmentado, creció anhelando la unión definitiva de sus partes desmembradas. Cuentan que ya adulto, amparado bajo la santa verdad maternal, llevó adelante su magnífica y sabrosa batalla. Mientras por momentos sentía la más gloriosa completud, todo a su alrededor se fragmentaba. El niño crustáceo (óleo sobre tela 1m x 0,80 cm)
Retorna al cuerpo olvidado, a esa singularidad espasmódica a esa piel espesada de días ya idos Entre las sábanas, una turbia sombra se espanta y corre hacia la puerta.
En un ejercicio de metódica insolencia, el niño arrebata un lápiz, luego el papel. Garabatea provocativamente sobre los trazos que no le pertenecen. Agrega manos, piernas, dedos, cabellera a un rostro. En ese acto insurgente nace el arte, y lo celebro.
Una mujer con un agujero en el estómago revolvía sus entrañas, lamía sus heridas, cada tanto lloraba, gemía, aullaba. Lo que más le dolía no era el agujero sino todo lo que había visto a través de él.
Con precisión cortó la lata de dulce de batatas. De los laterales sacó dos relucientes brazaletes dorados. Dobló cuidadosamente los bordes para que no lastimaran sus muñecas. La tapa inferior estaba destinada a ser bincha. En pocas horas, había nacido una mujer maravilla. ─¿Y ahora qué hacemos?─le pregunté a mi hermana que permanecía mirando el horizonte siempre con el mentón hacia arriba, orgullosamente maravilla. ─Vamos a rescatar a todas las mujeres del mundo ─respondió estirando su capa-sábana y agitando dos ramas que habían dejado de ser de sauce para convertirse en lazo dorado. Corrimos, caminamos, volvimos a correr. Observamos los rostros de muchas mujeres; escuchamos sus llamados silenciosos. Necesitaban ser rescatadas de miserables días, de angustias infinitas, de opresión desmedida. Pero no supimos cómo. El traje no funcionaba. ─A lo mejor ellas necesitan uno propio ─llegamos a esa conclusión y regresamos a casa. La serie guonder guman está impregnada de esos andares. A cada mujer le fluye subterráneamente una mujer maravilla, deseando que de ese soporte fantástico puedan emerger formas novedosamente felices de feminidad.
puedo ver tu rostro en un día soleado/ como queriendo decir algo/ con la boca obcenamente entre abierta/ doblando de un lado a otro la cabeza./ Puedo ver tus pies/ tan rojos/ tan lejos, tan desnudos/ como ya idos./ Puedo retener tu sonrisa mordiendo el aire/ ya distante/ anticipando lo que no será.