Uno de los personajes del libro La insolencia del vinal. "Miss Mary tenía casi ochenta años y parecía una niña envejecida. Llevaba puesto un vestido blanco, con bordes de encaje de algodón, y una hebilla de mariposa le sostenía un lánguido mechón, entre rubio, colorado y canoso, que le cruzaba la cara." (Fragmento)21.2.10
Miss Mary
Uno de los personajes del libro La insolencia del vinal. "Miss Mary tenía casi ochenta años y parecía una niña envejecida. Llevaba puesto un vestido blanco, con bordes de encaje de algodón, y una hebilla de mariposa le sostenía un lánguido mechón, entre rubio, colorado y canoso, que le cruzaba la cara." (Fragmento)16.2.10
30.12.09
La insolencia del vinal
Tarareando la canción de Lou Reed inició su último viaje. Sus pasos eran alumbrados por el auto en llamas y la luna blanquecina hecha plato en lo alto del cielo. Estaba cerca del quebracho colorado que anunciaba la llegada a la comunidad, en ese punto exacto debía doblar y avanzar unas horas más. Arrastrando los pies, casi sin fuerzas, intentó seguir el difuso sendero que terminaba en unas matas enroscadas de vinal. El olor fresco a palo santo la avivaba a continuar, sabía que cruzando los espinosos árboles encontraría a Oliverio. Se tocó la nariz y arrastró con sus dedos un hilo de sangre hasta los labios. El gusto amargo le llegó a la garganta. Miró las estrellas, nunca las había visto brillar tanto, y sintió que todas ellas se unificaban e inesperadamente formaban un contundente resplandor. El destello la cegó por completo, hasta voltearla. Derrumbada en el suelo, en intermitentes chispazos, pudo ver el rostro de Oliverio en un día soleado, como queriendo decirle algo, con la boca obscenamente entre abierta, doblando de un lado a otro la cabellera apelmazada; pudo ver sus pies enrojecidos, tan lejos, tan desnudos, como ya idos; y pudo, también, retener su sonrisa, anticipando lo que ya no serían.
El monte cantó canciones de cuna, el oxígeno acompasadamente dejó de fluir hacia todos sus órganos y Ana entró en un largo sueño. Miró el firmamento desde una simplicidad extrema, como nunca antes se había detenido a verlo, se llenó los ojos de astros y se dejó absorber por el brillo que la invitaba a danzar entre los haces de luz. Impregnada de puro cosmos, volvió a cerrar los ojos y exhaló lentamente, sabiendo que era su último aliento. El aire se le escapaba y no había modo de retenerlo. Al rato, estaba hecha una sombra de la mujer que había sido. Entonces, dejó atrás al penoso y dolorido cuerpo y prorrogó su vagabundeo por el desierto. Corrió muerta, sabiendo que lo estaba.
Hecha dulce ánima, tomó nuevamente la carretera principal, absorbida, esta vez, por los rayos de sol y el calor agobiante del nuevo día que asomaba. Sentía la luminosidad cayéndole sobre las pestañas, recordaba ese ardor que producía el sol, aunque sólo lo podía captar en remembranza, no en la experiencia, no desde los sentidos. Intento abrir los ojos y se dio cuenta que ya no los necesitaba, las entidades se manifestaban desde sus energías. Un zorro se acercó y le hociqueó la mano. Ella lo acarició y comprendió que debía seguirlo. Anduvieron uno al lado del otro, el animal le transmitía calma y serenidad, la necesaria para no abandonar ese rumbo incierto. A poco de iniciada la caminata, el zorro se detuvo y ella también lo hizo. De inmediato supo que debía seguir transitando sola lo que quedaba del camino, que el zorro ya no la acompañaría. Avanzó un rato más hasta que una camioneta se le vino encima y la tiró al suelo. No fue un golpe lo que sintió, sino una especie de fuerza que la aspiraba. Desde la tierra caliente vio las cubiertas humeantes. Después, la puerta del vehículo se abrió y unas piernas delgadas, enfundadas en unas botas All Stars rojas, caminaron hacia ella. Entonces, pudo comprender lo que estaba sucediendo. Sin pensarlo, se lanzó sobre su cuerpo ya ido. Aprisionando la delgada figura, contempló su rostro extremadamente bello, con una paz inquietante, nunca había podido percibirse a sí misma desde lo bello. Se acarició la rala cabellera, sin pena, sin lástima. Besó sus propios labios cuarteados, para reparar el amor que nunca había tenido y reposó en paz sobre el pecho agitado de quien viviría sus últimos días. (Fragmento de la Insolencia del vinal, libro a publicarse por la Fundación La hendija. A los interesados en adquirir la novela, escribir a maraxul@hotmail.com)
El monte cantó canciones de cuna, el oxígeno acompasadamente dejó de fluir hacia todos sus órganos y Ana entró en un largo sueño. Miró el firmamento desde una simplicidad extrema, como nunca antes se había detenido a verlo, se llenó los ojos de astros y se dejó absorber por el brillo que la invitaba a danzar entre los haces de luz. Impregnada de puro cosmos, volvió a cerrar los ojos y exhaló lentamente, sabiendo que era su último aliento. El aire se le escapaba y no había modo de retenerlo. Al rato, estaba hecha una sombra de la mujer que había sido. Entonces, dejó atrás al penoso y dolorido cuerpo y prorrogó su vagabundeo por el desierto. Corrió muerta, sabiendo que lo estaba.
Hecha dulce ánima, tomó nuevamente la carretera principal, absorbida, esta vez, por los rayos de sol y el calor agobiante del nuevo día que asomaba. Sentía la luminosidad cayéndole sobre las pestañas, recordaba ese ardor que producía el sol, aunque sólo lo podía captar en remembranza, no en la experiencia, no desde los sentidos. Intento abrir los ojos y se dio cuenta que ya no los necesitaba, las entidades se manifestaban desde sus energías. Un zorro se acercó y le hociqueó la mano. Ella lo acarició y comprendió que debía seguirlo. Anduvieron uno al lado del otro, el animal le transmitía calma y serenidad, la necesaria para no abandonar ese rumbo incierto. A poco de iniciada la caminata, el zorro se detuvo y ella también lo hizo. De inmediato supo que debía seguir transitando sola lo que quedaba del camino, que el zorro ya no la acompañaría. Avanzó un rato más hasta que una camioneta se le vino encima y la tiró al suelo. No fue un golpe lo que sintió, sino una especie de fuerza que la aspiraba. Desde la tierra caliente vio las cubiertas humeantes. Después, la puerta del vehículo se abrió y unas piernas delgadas, enfundadas en unas botas All Stars rojas, caminaron hacia ella. Entonces, pudo comprender lo que estaba sucediendo. Sin pensarlo, se lanzó sobre su cuerpo ya ido. Aprisionando la delgada figura, contempló su rostro extremadamente bello, con una paz inquietante, nunca había podido percibirse a sí misma desde lo bello. Se acarició la rala cabellera, sin pena, sin lástima. Besó sus propios labios cuarteados, para reparar el amor que nunca había tenido y reposó en paz sobre el pecho agitado de quien viviría sus últimos días. (Fragmento de la Insolencia del vinal, libro a publicarse por la Fundación La hendija. A los interesados en adquirir la novela, escribir a maraxul@hotmail.com)
Arbait macht frai
19.12.09
17.12.09
La nadadora
16.12.09
1.9.09
22.7.09
El niño crustáceo




El niño crustáceo, de alma y cuerpo segmentado, creció anhelando la unión definitiva de sus partes desmembradas. Cuentan que ya adulto, amparado bajo la santa verdad maternal, llevó adelante su magnífica y sabrosa batalla. Mientras por momentos sentía la más gloriosa completud, todo a su alrededor se fragmentaba.
El niño crustáceo (óleo sobre tela 1m x 0,80 cm)
4.6.09
5.7.08
2.6.08
Chivatos
28.5.08
21.5.08
Insurgencia
13.5.08
guonder guman



Con precisión cortó la lata de dulce de batatas. De los laterales sacó dos relucientes brazaletes dorados. Dobló cuidadosamente los bordes para que no lastimaran sus muñecas. La tapa inferior estaba destinada a ser bincha. En pocas horas, había nacido una mujer maravilla.
─¿Y ahora qué hacemos?─le pregunté a mi hermana que permanecía mirando el horizonte siempre con el mentón hacia arriba, orgullosamente maravilla.
─Vamos a rescatar a todas las mujeres del mundo ─respondió estirando su capa-sábana y agitando dos ramas que habían dejado de ser de sauce para convertirse en lazo dorado.
Corrimos, caminamos, volvimos a correr. Observamos los rostros de muchas mujeres; escuchamos sus llamados silenciosos. Necesitaban ser rescatadas de miserables días, de angustias infinitas, de opresión desmedida. Pero no supimos cómo. El traje no funcionaba.
─A lo mejor ellas necesitan uno propio ─llegamos a esa conclusión y regresamos a casa.
La serie guonder guman está impregnada de esos andares. A cada mujer le fluye subterráneamente una mujer maravilla, deseando que de ese soporte fantástico puedan emerger formas novedosamente felices de feminidad.
─¿Y ahora qué hacemos?─le pregunté a mi hermana que permanecía mirando el horizonte siempre con el mentón hacia arriba, orgullosamente maravilla.
─Vamos a rescatar a todas las mujeres del mundo ─respondió estirando su capa-sábana y agitando dos ramas que habían dejado de ser de sauce para convertirse en lazo dorado.
Corrimos, caminamos, volvimos a correr. Observamos los rostros de muchas mujeres; escuchamos sus llamados silenciosos. Necesitaban ser rescatadas de miserables días, de angustias infinitas, de opresión desmedida. Pero no supimos cómo. El traje no funcionaba.
─A lo mejor ellas necesitan uno propio ─llegamos a esa conclusión y regresamos a casa.
La serie guonder guman está impregnada de esos andares. A cada mujer le fluye subterráneamente una mujer maravilla, deseando que de ese soporte fantástico puedan emerger formas novedosamente felices de feminidad.
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